Moverse en conciencia
Una de las maravillas del aprendizaje es la manera en que el conocimiento nos devuelve perspectiva. Puede suceder con un libro, una película, una cátedra o mediante la contemplación: cuando la información se presenta dentro de un flujo coherente, nos permite mirar de otra manera una historia, un proceso, un hallazgo o un experimento.
La educación del movimiento somático nos devuelve constantemente esa perspectiva sobre el movimiento: nos permite reconocer sus cualidades y características.
El movimiento es una forma de expresión presente en la naturaleza, en la física y en las leyes universales. En nuestro planeta, el movimiento ha creado los caminos necesarios para que la vida emerja. Nosotros, los seres humanos, somos el resultado de esa potencia de expresión: desde la vibración más elemental hasta la complejidad del gesto preciso con el que bordamos, tejemos, escribimos, cosechamos, danzamos, hacemos el amor, producimos o pensamos.
Todo es movimiento.
El espacio vacío y el movimiento, al relacionarse, van creando la materia que ocupa ese espacio: tejidos, fluidos, diversas densidades de tejido conectivo, órganos con funciones específicas y rutas de mapeo que terminan conformando un gran sistema nervioso especializado en sentir, mover, digerir y transportar información.
Todo eso que nos compone —eso que llamamos soma— se encuentra en constante movimiento.
Pero ¿qué sucede cuando comenzamos a percibir conscientemente ese movimiento? ¿Qué podemos descubrir cuando dirigimos la atención hacia aquello que nos mueve y hacia la manera en que participamos en ello?
Cuando estuvimos en el útero, el espacio fue llenándose y conformándose. La materia que se creó sostuvo nuestro desarrollo como embriones y, más tarde, como seres terrenales: organismos que encontraron una estructura para vivir sobre dos pies, experimentar la bipedestación y disponer de dos brazos con los cuales realizar una infinidad de acciones.
La fuerza y la vitalidad de los tejidos y los fluidos, así como sus movimientos en espiral, participaron en esa construcción. La espiral es una constante de la vida en la Tierra tal como la conocemos: da forma a nuestros huesos y al corazón; participa en la manera en que nuestras piernas, nuestros brazos y nuestra columna se doblan y se extienden. Está presente en aquello que hemos aprendido a llamar movimiento.
La Educación Somática presta una atención especial a la naturaleza de los impulsos y los flujos de los tejidos y los fluidos, así como a la vibración que recorre nuestros huesos, órganos, tejidos blandos y estructuras más sutiles. Invita a que la conciencia retorne hacia todo aquello que nos compone.
Al cultivar la atención y dejarnos informar por los sentidos, por los micromovimientos y los macromovimientos, vamos creando un mapa de este soma que respira, se expande, se condensa, se extiende y se dobla.
Este mapa se construye también en nuestra relación con el entorno. A través de la gravedad podemos sentir el apoyo y encontrar un piso desde el cual brincar o impulsarnos; quedar sostenidos por un instante en el aire gracias a nuestros músculos; aterrizar; agarrar, tomar y llevar; trasladarnos hacia distintos lugares y acercar hacia nosotros circunstancias, objetos y personas.
Cada una de estas acciones participa en un ciclo infinito de satisfacción. Nos encontramos continuamente buscando satisfacer nuestras necesidades básicas, creativas, expresivas y vinculares. Nos movemos hacia aquello que necesitamos, lo tomamos, lo acercamos o nos alejamos de lo que ya no requerimos.
Aunque solemos considerarnos dueños de nuestro movimiento, en una clase de movimiento somático puede aparecer un lugar de asombro: reconocemos que existen impulsos propios del soma que preceden y fundamentan aquello que consideramos «mi movimiento».
Descubrimos, por ejemplo, que el líquido cefalorraquídeo posee una marea interna que recorre el espacio entre la médula espinal y el cráneo, y que este movimiento ofrece fundamento a una movilidad autónoma y primaria. Desde ella podemos reconocer una apertura y, después, un cierre que nos conduce hacia una mirada interna.
Descubrimos que nuestros órganos guardan, en la suavidad de sus tejidos, la memoria de su desarrollo: de cuando éramos embriones y migraban desde el centro hacia la cabeza, desde el centro hacia la cola o hacia otras direcciones que desconocemos.
Reconocemos las espirales que fueron abriéndose camino para dar vida a nuestras piernas y nuestros brazos. Percibimos el recorrido veloz de una célula sanguínea al atravesar el cuerpo. Mediante la atención y la presencia, también podemos sentir cuánto espacio existe en nuestras articulaciones y cómo es posible encontrar todavía más espacio para movernos con mayor gracia y coherencia.
Es ahí donde la Educación Somática nos devuelve perspectiva: aquello que experimentábamos como un movimiento exclusivamente voluntario comienza a revelarse como la expresión de múltiples movimientos, impulsos y relaciones que ya están sucediendo en nuestro interior.
A través de las prácticas somáticas llevamos nuestra atención y nuestra intención hacia el territorio corporal, hacia tejidos y estructuras específicas. Cultivamos la conciencia de aquello que nos conforma, de aquello que nos mueve y de la manera en que participamos en ese movimiento.
Poco a poco vamos enterándonos. Vamos recuperando agencia. Reconocemos que la estabilidad precede al movimiento, que el silencio precede al sonido y que la quietud precede a la movilización.
Este viaje de exploración nos permite descubrir que nuestro ser nos mueve; que existe un impulso vital habitando el cuerpo y que, desde ese impulso y ese tono, nuestros tejidos cobran vida.
En algún momento, esta exploración deja de ser únicamente una observación sobre el cuerpo y se convierte en una experiencia íntima:
Yo elevo los brazos como nadie más puede hacerlo.
Elevar los brazos es una acción que muchos cuerpos pueden realizar, pero la personalidad de esa elevación y la expresión de ese movimiento son únicas: me pertenecen a mí. Están atravesadas por mi historia de vida, por mi experiencia de la expansión y de los límites, por la carga significativa que tiene mostrarme al mundo y por aquello que mi cuerpo comprende como expansión.
¿Qué significa para mí salir del centro y regresar a él?
¿Qué es el centro para mi cuerpo?
¿Qué son la ligereza y el peso en mi experiencia?En el proceso de descubrir el movimiento propio —su autenticidad, su deseo y su expresión— descubro quién soy.
Mi movimiento está cargado de mi personalidad, de mi manera particular de vivir, sentir y comprender el mundo. Esta forma particular de sentir posee también una expresión propia.
Cuando esa expresión sucede desde la conciencia y encuentra apoyo y sostén, puede reconocerse como válida. Cuando nos movemos dentro de un grupo capaz de atestiguarla, el reconocimiento se vuelve tangible: me acompaña, me envuelve; mi movimiento es recibido y validado.
Moverse en conciencia es mirarnos detenidamente en cada uno de los espacios que nos constituyen. Es reconocer nuestros límites y nuestras tensiones; encontrar nuevas rutas de flujo por las cuales pueda viajar el peso; percibir la potencia de la sangre moviéndonos o la ligereza del líquido cefalorraquídeo elevando y orientando el cuerpo hacia el cielo.
Moverse en conciencia es también regresar a esos flujos primarios de la alquimia del embrión flotando en el océano del útero, cuando todo era posible y no teníamos que hacer nada porque el propio impulso de la vida se encargaba de construir aquello que más tarde conoceríamos como nuestro cuerpo.
Cuando recupero la perspectiva de que en mi interior conservo algo de ese océano y de que sus movimientos continúan recorriendo las estructuras que apoyan mi expresión en el mundo exterior, moverme adquiere una dimensión existencial.
Moverse deja de ser solamente una acción que realizo y comienza a revelarse como una expresión de la vida que sucede en mí. Estas son algunas de las reflexiones que pueden emerger de una práctica de movimiento sostenida por la mirada somática.