Metáforas somáticas
“Si eres de algodón, que te vendan en la farmacia”.
Esta frase se la decía a un amigo su abuelita, cuando lloraba o se tomaba a pecho alguna ofensa. Durante un tiempo me pareció divertida, una forma ingeniosa de invitar a no sufrir de más, a no tomarse las cosas de manera demasiado personal. Peeeero...
Hoy me di cuenta de algo distinto: ser de algodón es humano.
Ser de algodón es ser sensible, permeable, vulnerable. Es sentir. Y justamente eso es algo que desde la educación somática promovemos: la capacidad de dejarnos afectar, de escuchar nuestras emociones, de habitar el cuerpo como territorio vivo. Entonces, si pudiera dialogar hoy con la abuelita Matusha —a quien admiro profundamente, escultora, poeta y guerrera de la vida— le diría:
Sí, soy de algodón. Y no quiero que me vendan en la farmacia, por favor.
Porque esta frase encierra una de esas matrices de aprendizaje que hoy necesitamos transformar. La idea de que sentir es una debilidad, que la sensibilidad estorba, que la subjetividad debe corregirse. Desde el trabajo somático, proponemos otra cosa: valorar la experiencia propia como conocimiento vivo, conocernos sin deberes-ser que interfieran, sin modelos externos que invaliden lo que sentimos.
La filosofía y la metodología somáticas no son lineales ni rígidas. Son complejas, sutiles y profundamente humanas. No se basan en protocolos cerrados, sino en un modo de estar en el mundo: desplegar la humanidad como una forma de apertura, que responda a las necesidades propias y dialogue con las de los demás.
Más metáforas
Hace poco, durante un módulo de desarrollo de la motricidad humana en Colombia, tuve la fortuna de enseñar junto a uno de mis maestros, Ray Schwartz. Allí compartió dos frases de Bonnie Bainbridge Cohen, dichas al final de un intensivo de seis semanas, que siguen resonando en mí.
La primera fue sorprendente. Muy conmovida, dijo en círculo:
“Desde lo más profundo, les pido perdón si alguna vez contesté alguna de sus preguntas”.
¿¡Cómo así!? dirían en Colombia.
Es que esta frase condensa una intención pedagógica profunda: no anular la curiosidad del estudiante. Al responder una pregunta demasiado pronto, podemos interrumpir el proceso de investigación interna. Esto no significa que no se respondan preguntas técnicas, ni que no se escuche. Significa que, muchas veces, hay más valor en dejar que las preguntas revoloteen —como decía Fedora— o que se remojen en el caldo de cultivo de la propia experiencia. Así, cada quien va creando referencias internas y valorando sus propias conclusiones.
La segunda frase fue esta:
“Nuestro trabajo es como acariciar con una pluma el inconsciente”.
Ahí está la esencia. Acariciar es un gesto amable, cuidadoso, atento. Es entrar en contacto con lo que somos y con su insondable profundidad. La educación somática no busca forzar ni imponer, sino acompañar el misterio de la vida con sensibilidad.
Todo este conocimiento es profundamente personal, y a la vez se comparte en grupo. Caminamos juntas y juntos un sendero vital que nos invita a estar despiertos. Como dientes de león o pochotes, podemos ser algodones que vuelan, llevando semillas para multiplicar experiencias verdaderas, nacidas desde nuestras células.
Con amor, con cuidado, movidas por el viento.
Con la confianza de estar recorriendo un camino revolucionario.
Y, sobre todo, con corazón.