Explorar el inicio del movimiento

ivana sejenovich

Hay un instante, apenas perceptible, en el que un movimiento comienza. Antes de que levantemos una mano, demos un paso o cambiemos de dirección, algo ya se ha puesto en marcha. Puede ser una sensación, un cambio en la respiración, una modificación del tono, una orientación hacia el espacio o un impulso que todavía no tiene forma.

Habitualmente pasamos por encima de ese instante. Pensamos que somos nosotros quienes decidimos movernos y que el cuerpo simplemente ejecuta aquello que hemos decidido. Pero ¿qué sucede cuando, en lugar de dirigir el movimiento desde la mente, llevamos nuestra atención hacia el cuerpo y permitimos que sea una estructura, un tejido o una sensación la que participe en su inicio?

Ese fue el camino que investigaron los creadores de las distintas escuelas de Educación Somática…si cambiamos la cualidad de nuestro movimiento y nuestra atención, con curiosidad, podemos permitir que todas nuestras inteligencias sensibles participen.

Es una de las exploraciones fundamentales de la Educación Somática: descubrir qué sucede cuando un movimiento no comienza solamente como una orden consciente, sino desde la experiencia viva de nuestra anatomía.

Podemos sentir un hueso y permitir que su peso y su dirección nos orienten. Podemos llevar la atención a una articulación y descubrir qué movimiento aparece cuando percibimos su espacio. Podemos sentir la respiración, un órgano, la piel o el tejido conectivo y observar cómo cambia nuestra organización cuando dejamos de imponer una forma y comenzamos a escuchar.

No se trata de que el cuerpo “tome el control”, sino de dejar de considerarlo como algo que simplemente obedece. Cuando una estructura recibe nuestra atención, empezamos a percibir información que estaba allí, pero que quizás no formaba parte de nuestra conciencia. Y cuando esa información participa en el movimiento, la manera de movernos puede transformarse.

A veces aparece más espacio. Otras veces descubrimos que estábamos haciendo un esfuerzo que ya no es necesario. El peso encuentra un camino más claro hacia el suelo, una parte del cuerpo puede apoyarse en otra y el movimiento comienza a distribuirse con mayor armonía. Algo se organiza sin que tengamos que empujarlo.

Es entonces cuando podemos experimentar una cualidad de eficiencia y ligereza que no tiene que ver con hacer menos, sino con dejar de hacer aquello que el cuerpo no necesita hacer. La ligereza aparece cuando encontramos apoyo; cuando el peso puede viajar, cuando las articulaciones tienen espacio y cuando las distintas partes del cuerpo dejan de competir por sostenernos y comienzan a colaborar.

Quizás por eso esta experiencia puede traer también una sensación de pertenencia.

Cuando percibimos nuestro cuerpo desde dentro, dejamos de relacionarnos con él únicamente como algo que tenemos que cuidar, corregir o controlar. Empezamos a sentirlo como el lugar desde el cual estamos viviendo. El hueso, el músculo, la respiración, los órganos, los fluidos y los tejidos dejan de aparecer como partes separadas y comienzan a formar una experiencia más integrada.

Podemos sentir que pertenecemos a nuestro cuerpo y que nuestro cuerpo nos pertenece.

Hay algo profundamente reparador en esa sensación de volver a estar dentro de nuestra propia experiencia. Como si durante un momento las partes que estaban dispersas pudieran reconocerse unas a otras y participar juntas en el movimiento. No se trata de alcanzar un cuerpo ideal ni de eliminar aquello que nos incomoda, sino de recuperar una relación en la que podamos sentirnos más enteramente presentes.

Quizás a eso nos referimos cuando hablamos de completud: no a estar terminados, sino a poder sentir que estamos aquí, con todas nuestras partes participando de la experiencia.

Desde esta perspectiva, la anatomía deja de ser solamente un conocimiento sobre el cuerpo y se convierte en una vía de descubrimiento. Un hueso puede enseñarnos sobre el apoyo; una articulación, sobre el espacio; la respiración, sobre la relación entre interior y exterior; el peso, sobre la confianza. La información anatómica adquiere otra dimensión cuando podemos experimentarla directamente.

Y al cambiar nuestra experiencia de la anatomía, también puede cambiar nuestra experiencia del movimiento.

Esto es particularmente interesante cuando comenzamos a observar nuestros hábitos. Cada persona desarrolla maneras particulares de iniciar las acciones: algunas veces desde la tensión, otras desde el impulso de controlar, desde la prisa, desde la contención o desde una necesidad constante de saber hacia dónde va antes de comenzar.

Explorar el inicio del movimiento nos permite descubrir que también podemos comenzar de otra manera.

No porque tengamos que abandonar nuestros patrones, sino porque al percibirlos aparece la posibilidad de elegir. Podemos esperar un instante. Podemos sentir el apoyo antes de avanzar. Podemos permitir que un impulso se despliegue antes de convertirlo en una acción conocida.

En ese pequeño espacio entre el impulso y la forma aparece también la creatividad.

La creatividad no comienza necesariamente cuando producimos algo nuevo. Puede comenzar mucho antes, cuando permitimos que una experiencia encuentre una forma que todavía no conocemos. Un movimiento puede crecer, cambiar de dirección, detenerse, volver a comenzar. Puede convertirse en gesto, en danza, en expresión.

Cuando dejamos que el movimiento nazca desde la escucha, no necesitamos fabricar la expresión. Podemos permitir que aparezca, sorprendiéndonos de nosotras mismas.